Desperta Ferro Moderna n.º14: Carlos V y la Liga de Esmalcalda

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En 1519, tras la muerte del emperador Maximiliano I, el rey Carlos I de España aunaba los dominios territoriales que en 1516 había heredado de sus abuelos maternos, los Reyes Católicos, con el legado patrimonial de las casas de Austria y de Borgoña de sus abuelos paternos, configurando un vasto y diverso imperio universal que se extendería a lo ancho de cuatro continentes. No es de extrañar que al año siguiente, en 1520, el hombre más poderoso (y acaudalado) de Europa siguiera los pasos de su abuelo y se impusiera a Francisco I de Francia en la elección a emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, un mosaico de ciudades libres, territorios nobiliarios y señoríos eclesiásticos cuyo clima de conflictividad social y demandas políticas sería el caldo de cultivo idóneo para la Reforma protestante impulsada, entre otros, por Lutero. La corona imperial se demostró para Carlos V un regalo envenenado y la Guerra de Esmalcalda, lejos de poner freno a las exigencias religiosas (disfraz de aspiraciones políticas de mucho mayor calado) de sus súbditos alemanes por la fuerza de las armas, solo sirvió para consolidar la fractura de la Cristiandad en dos bloques irreconciliables y abocar a Europa a un conflicto confesional (y de nuevo político) que desangrará al continente durante los siguientes cien años. Esta división tendrá profundas consecuencias no solo en el ámbito de las creencias, sino que podría haber marcado el futuro devenir político, social y para algunos (como el controvertido Max Webber y su La ética protestante y el desarrollo del capitalismo) incluso económico de las diferentes naciones europeas en un momento de imparable expansión internacional. Estamos, pues, ante un momento crucial de la historia europea imprescindible para entender la sociedad global en la que vivimos.

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